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Dentro de unos días conmemoraremos los 60 años de la firma de los Tratados de Roma, germen de la Unión Europea, el mayor sueño colectivo que haya tenido este viejo continente en su larga y turbulenta historia. Todo un milagro erigido poco más de una década después sobre los rescoldos de la mayor hecatombe desencadenada por el hombre.

A pesar de lo mucho que hay que celebrar, lo cierto es que el aniversario nos sale al encuentro en un momento de incertidumbre, de zozobra, interna y externa.

A los desgarros provocados por una década de crisis y una política económica que la ha agravado en su duración y consecuencias -altas tasas de paro, anemia económica, desigualdad creciente- han venido a sumarse acontecimientos políticos inimaginables hace apenas dos años -el primer abandono de un Estado miembro- y un contexto exterior nada halagüeño -el drama de los refugiados, la agresividad exterior de la Rusia de Putin, el repliegue nacionalista de los Estados Unidos de Trump-, todo ello cuando resurgen en el seno de Europa algunos de sus peores fantasmas: el nacionalismo, el autoritarismo, el populismo.

En este contexto, lejos de asumir el rol que le corresponde como presidente de la Comisión Europea, el corazón ejecutivo de Europa, Jean Claude Juncker ha eludido su responsabilidad de sacarla de su «crisis existencial» lanzando al tablero un Libro blanco sobre el futuro de Europa que, en vez de plasmar una hoja de ruta clara en el momento más complejo, se limita a enunciar distintos escenarios más propios de una consultora que del guardián de los tratados.

Europa no puede seguir igual, ni mucho menos desandar el camino andado. Al contrario, Europa necesita recuperar la confianza, en sus fuerzas y en sus sueños. Necesita volver a inspirarse en su herencia humanista, germen de los valores universales de los derechos de la persona, de la libertad, la democracia, la igualdad y el Estado de Derecho. Necesita volver a alimentar la solidaridad entre sus pueblos y a impulsar el progreso social y económico para dar nuevos bríos al proceso de creación de esa unión cada vez más estrecha soñada en el Tratado de la Unión.

Para ello, debe reforzar la política económica expansiva para alimentar el crecimiento y el empleo; debe profundizar en la unión económica y monetaria y dotarla de un presupuesto con recursos propios, como los derivados del impuesto de transacciones financieras; debe ser implacable en la persecución del fraude y la evasión fiscal; y debe desarrollar el pilar europeo de derechos sociales sobre el que apoyar la construcción europea en el siglo XXI, reforzando la cohesión, la solidaridad y la convergencia, reduciendo las desigualdades. Y por justicia, y por decencia, debe dar soluciones a la crisis de refugiados, empezando por cumplir los compromisos sobre reasentamiento.

Europa no puede permanecer por más tiempo en el diván. Quienes quieran dar pasos adelante en la integración deben poder hacerlo, sin ser cautivos de los reticentes, y sin renunciar al sueño de una Europa federal.

Si como dijo Delors, Europa necesita un alma, empecemos por hacer lo posible para lograr lo deseable.

Artículo publicado en La Voz de Galicia.

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La propuesta que ha presentado la Comisión ofrece la oportunidad de abordar la necesaria adaptación a los cambios producidos en el mundo energético desde la aprobación de la anterior regulación. Es necesario que el nuevo marco regulatorio recoja y promueva los avances experimentados en el entorno.

En primer lugar, debe ser la señal al mundo del compromiso de la Unión contra el Cambio climático, ya que va a ser su principal instrumento para cumplir los acuerdos internacionales.

En segundo lugar, el importante desarrollo actual y previsto del mercado de las renovables, presenta una importante oportunidad para nuestras empresas y para la generación de empleo que no podemos dejar pasar. No podemos desaprovechar nuestro papel clave en el desarrollo pionero de estas tecnologías. Contamos con una base de conocimiento tecnológico, estructura industrial y profesionales cualificados para aprovechar esta oportunidad.

En tercer lugar, y no menos importante, los descensos de precios de las tecnologías renovables punteras no solo permiten que no nos tengamos que preocupar por la sostenibilidad económica del despliegue. Es más, se han convertido en una importante oportunidad para tener una energía barata, que además nos permite incrementar nuestra independencia energética y tener una industria más competitiva.

El paquete de energía limpia tiene elementos positivos que van en la dirección correcta. Sin embargo, deja la sensación de no ser suficiente para la magnitud de los objetivos que queremos alcanzar. Considero que es responsabilidad de este Parlamento aportar la coherencia de los objetivos establecidos a 2030, con los acordados a 2050.

Para ello, debemos ir más allá del objetivo de energías renovables del 27% en consumo de energía final. No transmite credibilidad afirmar que vamos a alcanzar la descarbonización de nuestro sector energético en 2050, cuando aprobamos un objetivo del 27% para 2030. Debido a su creciente competitividad, lo más probable es que el 27% se alcance sin ningún tipo de esfuerzo adicional. Por tanto, tendremos que lograr un acuerdo para incrementar este objetivo de forma que esté en consonancia con la senda de 2050.

Además, me gustaría lograr que el nuevo objetivo que nos marquemos, sea asumido a nivel nacional de forma vinculante. Oponerse sería contradictorio con la imagen que queremos dar.
Con unas energías renovables competitivas y con una participación creciente en los mercados eléctricos, el Paquete de Invierno debe sentar las bases para adecuar el diseño del mercado eléctrico a una mayor integración de renovables en el mix energético.

Uno de los aspectos más interesantes del borrador de directiva de Energías Renovables es la prohibición de medidas retroactivas que tengan impactos económicos negativos sobre los proyectos realizados. Asegurar esa imagen de Europa como territorio seguro jurídicamente es crucial para garantizar la necesaria llegada de las importantes inversiones que necesita movilizar este proceso de transición energética.

Otra de las aportaciones clave de la propuesta es el ir marcando la senda para situar al consumidor en el centro de la decisión energética. El llamado empoderamiento del ciudadano.

Los consumidores son una pieza clave de los mercados energéticos del futuro. La combinación de mejores herramientas de comparación de precios y la posibilidad de producir y vender su propia electricidad -por sí mismos o a través de terceros- les harán agentes activos del mercado eléctrico.

En este sentido, es necesario promover las ciudades inteligentes, que integren el autoconsumo, el vehículo eléctrico y el almacenamiento, conectadas y gestionadas a través de redes inteligentes.
La directiva debe ser un importante facilitador de todo este proceso que va diseñando el sector energético del futuro. Es un paso adelante el ratificar el autoconsumo como un derecho. Pero una vez más, para ser coherente, el texto debe liberar el camino de las barreras artificiales que se quieran poner a su desarrollo.

Otro elemento sobre el que debemos reflexionar es la introducción de las energías renovables en el transporte. El 35,4% de todas las emisiones de CO2 de la Unión proviene de este sector. Difícilmente vamos a conseguir nuestra descarbonización si no impulsamos de manera decidida medidas que le afecten específicamente.

Tenemos un compromiso con los ciudadanos europeos, su calidad de vida y su crecimiento económico. El resultado de nuestros trabajos debe ser una regulación clara y adecuada a la senda marcada de descarbonización de la economía. Si lo hacemos bien podemos contar con una energía limpia, barata y generadora de empleo.

Es un gran desafío pero también una gran oportunidad.

Vídeo de la intervención, aquí.

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El pasado 30 de noviembre, la Comisión Europea presentó su propuesta Energía limpia para todos los europeos, también conocida como paquete de invierno, un nuevo marco normativo dirigido a facilitar el potencial de crecimiento de Europa, manteniendo su competitividad en el camino hacia la descarbonización del modelo productivo.

En el momento político actual, es necesario que la UE asuma un papel de liderazgo en la lucha contra el cambio climático. ¿Qué mejor forma de hacerlo que interiorizando de manera adecuada este objetivo en la hoja de ruta que va a marcar la próxima década en materia de energía en Europa?

Como ponente del Parlamento Europeo en la revisión de la Directiva de Energías Renovables, mi responsabilidad y mi compromiso es que esta interiorización quede patente. En primer lugar, buscando la coherencia de los objetivos establecidos a 2030 con los acordados a 2050. Para ello, debemos ir más allá del objetivo propuesto por la Comisión Europea de energías renovables del 27% en consumo de energía final. Un objetivo que se queda corto en relación a 2050 y a la propia evolución de estas fuentes de energía, cuya creciente competitividad convierte en más que probable que lo alcancen sin ningún tipo de esfuerzo adicional. Por otro lado, no hay mejor forma de que los Estados miembros muestren su compromiso que aceptando que los objetivos del paquete energético sean vinculantes.

La buena noticia es que la sostenibilidad económica de estas actuaciones ya no constituye una preocupación, sino una oportunidad para que Europa vuelva a ocupar un lugar privilegiado en desarrollo tecnológico, creación de empleo y crecimiento económico. No solo nos aportará una energía más limpia, sino también más competitiva.

En segundo lugar, el paquete de invierno debe sentar las bases para adecuar el diseño del mercado eléctrico a una mayor integración de energías renovables en el mix energético. Un diseño de mercado pensado hace 25 años sobre un mix energético basado en fuentes con importantes costes variables puede no ser el más eficaz para marcar precio, cuando este mix va a estar dominado cada vez más por fuentes cuyo coste variable es cero. No es el momento de poner parches, sino de sentar bases sólidas y adecuadas.

Los consumidores son una pieza clave de los mercados energéticos del futuro. Europa no puede permitirse que 50 millones de personas atraviesen situaciones de pobreza energética, como no puede permitirse fluctuaciones desorbitadas de precios.

La combinación de mejores herramientas de comparación de precios y la posibilidad de producir y vender su propia electricidad –por sí mismos o a través de terceros– les convertirá en agentes activos del mercado eléctrico. La mejora de la regulación, incluyendo la recuperación de la seguridad jurídica, la estabilidad a largo plazo para inversiones y el aumento en transparencia, son vectores fundamentales para una transición adecuada al modelo de mercado futuro.

El desafío es grande, pero el resultado merece la pena. El mercado del futuro también implicará mejorar la calidad de vida de las ciudades haciéndolas más sostenibles. Las ciudades inteligentes integrarán el autoconsumo, el almacenamiento y soluciones de movilidad menos contaminantes (como el vehículo eléctrico), todo ello interconectado y gestionado mediante redes inteligentes.

Además, se generarán nuevos modelos de negocio para el suministro de energía, que se agrupan, por un lado, en torno al carácter disruptivo de las energías renovables y, por otro, a actividades de gestión de la demanda energética, como la flexibilidad o la agregación de la demanda. Todo ello, sin perder de vista lo que debe ser una de nuestras preocupaciones fundamentales, maximizar la eficiencia energética.

Por ello, es clave para los ciudadanos europeos, para su calidad de vida y la mejora de su bienestar económico que el resultado de nuestros trabajos aporte una regulación clara y adecuada a la senda marcada, una senda de compromiso inequívoco con un nuevo modelo energético basado en una energía limpia, un consumo eficiente y un precio asequible. Es un gran desafío, pero también una gran oportunidad.

Artículo publicado en Cinco Días.