Compartir

“El mundo ha prometido actuar para que no aumente la temperatura media más de 1,5ºC. Si eso no se hace realidad, países como el mío no serán habitables antes de que termine este siglo”.

Quien así hablaba ante el último plenario del Parlamento Europeo no era uno de esos “cuentacuentos del calentamiento global” como gusta descalificar (y denigrar) el presidente de Estados Unidos a quienes advierten de las consecuencias de no frenar las emisiones de gases de efecto invernadero. No, quien así hablaba era Hilda Heine, presidenta de las Islas Marshall, que advertía de que, con un aumento del nivel del mar de dos metros, sus ciudadanos no tendrían donde ir ni esconderse.

El cambio climático es una realidad, la mayor amenaza para la especie humana, no una ficción creada “por y para los chinos” (Donald Trump dixit). Lamentablemente, el presidente de Estados Unidos ha decidido dar marcha atrás en el compromiso adquirido por su antecesor y retirarse del Acuerdo de París, desmintiendo una vez más a quienes pronosticaban una moderación de posturas con su llegada a la Casa Blanca. No es sólo una mala decisión económica (ahí están los informes de la OCDE al respecto). Es, sobre todo, una decisión injusta que cuestiona los principios morales de quien se desentiende de la suerte de los demás actuando de manera egoísta, cortoplacista e irresponsable.

Afortunadamente, lejos de generar una ola de retiradas del Acuerdo, lo que Trump ha provocado ha sido una ola de indignación tanto en la opinión pública (también la interna) como en los Gobiernos signatarios del Acuerdo, que han reafirmado su compromiso con el mismo. Con la Unión Europea, y sus estados miembros, al frente de todos ellos.Desde luego, constituye un motivo de orgullo la reacción de los líderes europeos. Porque, en efecto, yo también considero que Europa está en el lado bueno de la historia. Pero sería un error, un grave error, caer en la autocomplacencia, pues, a decir verdad, Europa puede y debe hacer mucho más para cumplir los compromisos adquiridos en París. Porque la lucha contra el cambio climático no es una opción, es una obligación.

Como tuve la oportunidad de decir en aquel pleno, el negacionismo de Trump no es la única amenaza en la lucha contra el cambio climático. También lo son las palabras huecas, los compromisos faltos de ambición. Y Europa debe corregirse y corregir el paquete de energía limpia actualmente en discusión en el Parlamento y el Consejo, el instrumento principal para hacer realidad el Acuerdo de París, porque esta propuesta está alejada de los objetivos allí fijados de descarbonización del 80%-95% para 2050. Si nosotros no ponemos sobre la mesa políticas energéticas y climáticas acordes con París, estaremos también renunciando tácitamente a lograr sus objetivos.

No podemos permitírnoslo. La UE ha jugado un papel destacado en el fomento de este tipo de acuerdos. Ha servido de ejemplo para el resto del mundo en materia de lucha contra el cambio climático y, gracias a las medidas adoptadas a lo largo de los últimos años, se encuentra en una buena posición para hacer realidad la descarbonización de su economía. La prueba de ello la tenemos muy cerca, en Portugal, que en mayo pasado fue capaz de funcionar durante cuatro días a base de energía procedente únicamente del viento, del agua y del sol. Por tanto, ahora más que nunca, Europa debe ser firme, servir de ejemplo y liderar la transición energética.

En este contexto, la directiva de energías renovables juega un papel crucial. El marco normativo vigente ha permitido situar a Europa en la senda de cumplimiento de los objetivos fijados para 2020, incentivando el desarrollo de un tejido empresarial innovador y tecnológicamente puntero, líder a nivel mundial. Fruto de todo ello, las tecnologías renovables han experimentado una gran bajada de costes, que debe ser aprovechada ahora para que la Unión se abastezca de una energía más limpia segura, asequible, autóctona y generadora de empleo de calidad, lo cual reforzará nuestra independencia energética y nuestra competitividad.

Pero para lograrlo no debemos socavar los principios que lo han alentado y que nos han traído hasta aquí. Al contrario, tal y como he podido constatar a lo largo de las decenas de reuniones que he mantenido desde mi nombramiento como ponente del Parlamento Europeo para la revisión de la directiva de renovables, la opinión prácticamente unánime es que debemos reforzarlos, superando la falta de ambición de la propuesta de la Comisión.

Tal y como he recogido en el informe que he presentado esta semana, es insuficiente llegar al 27% de cuota de renovables en 2030;debemos ser exigentes con nosotros mismos y alcanzar el 35%. Es igualmente insuficiente fijar un objetivo general para toda la UE;debemos establecer objetivos vinculantes para cada Estado miembro (en concreto, del 36% para España) porque los objetivos vinculantes son un factor clave del éxito de la vigente regulación, han aportado certeza a los inversores y fomentado, por tanto, la investigación e innovación en este sector. Ello ha contribuido a que tecnologías como la eólica o la fotovoltaica sean hoy en día tecnologías maduras y competitivas.

Es también insuficiente reivindicar, sin más, mayor seguridad jurídica. Lo que debemos hacer es cerrar las fisuras por donde puedan volver a establecerse medidas retroactivas, como ha sucedido en España, donde las decisiones del Gobierno están impactando en las arcas públicas, al tiempo que han desincentivado la inversión en renovables y, por tanto, el desarrollo industrial y la creación de empleo. Y es un fracaso reducir los objetivos de penetración de renovables en el sector del transporte, sector que representa un tercio del consumo final de energía en la UE. Lo que debemos hacer es elevar su presencia al menos al 12%.

Asimismo, no basta con hablar de fomentar el autoconsumo, sino que, y así lo he propuesto, debe prohibirse someter la energía autoconsumida a impuestos o gravámenes de ningún tipo, siempre y cuando la energía autoproducida permanezca fuera de la red. Y, por supuesto, es necesario que aprovechemos la revisión de la directiva de renovables, y de todo el paquete de energía limpia, para combatir la pobreza energética.Todas ellas son medidas concretas para hacer cumplir lo prometido en París. Y espero firmemente que el Gobierno de España contribuya a ello, dando un giro de 180 grados a las posiciones que hasta ahora ha venido defendiendo en el Consejo. No caben excusas, como escudarse en la falta de interconexiones -problema en el que ciertamente la Unión Europea se debe implicar más- para eludir la transición energética hacía las energías renovables. Nuestro país no puede permitirse actuar de freno a la adopción de una política energética ambientalmente más ambiciosa estando como está expuesto a los efectos adversos del cambio climático. Al contrario, debe volver a colocarse a la vanguardia.

Como dijo Hilda Heine, todos somos vulnerables al impacto del cambio climático, nadie puede escapar de ello. Tenemos la oportunidad de aprobar una regulación que realmente contribuya a la lucha contra el cambio climático y que, como comprometió Jean-Claude Juncker al inicio de su mandato, sitúe a Europa en el primer lugar mundial en el sector de las energías renovables impulsando el crecimiento ecológico. Comprometámonos, por tanto, con palabras y con hechos.

Artículo publicado en El Mundo

Compartir

La semana pasada tuvimos la oportunidad de escuchar el testimonio de la presidenta de las Islas Marshall en el pleno de Estrasburgo. Puede que el presidente de los Estados Unidos tenga dudas sobre el cambio climático. En las Islas Marshall tienen certezas.
El cambio climático es una realidad. Tangible, innegable. Lamentablemente, Donald Trump en vez de basarse en las pruebas científicas y discutir qué hacer para atajarlo, cuestiona las primeras y retira a su país del acuerdo de París para hacerle frente.
Califíquenlo ustedes como quieran: irresponsabilidad, temeridad, inconsciencia. Desde luego. Y egoísmo, mucho egoísmo. Porque la lucha contra el cambio climático no es una opción, es una obligación.
Sin embargo, nada ello debe desalentar nuestros esfuerzos por combatir el cambio climático. Al contrario, debe ser un acicate para ambicionar, y hacer, más.
Debo decir que las conclusiones de la cumbre del G7 reforzando el compromiso de los socios internacionales ante la espantada de Trump es un paso positivo.
También lo es que la Unión Europea haya salido en tromba, sin fisuras, a criticar la decisión del presidente de Estados Unidos y a reafirmar el compromiso europeo en la lucha contra el cambio climático.
Desde luego, como defendió la Comisión, yo también creo que Europa está del lado bueno de la historia.
Sin duda, lo está. Pero no lo suficiente.
Lo decía el pasado miércoles durante el debate en pleno:
El negacionismo de Trump no es la única amenaza en la lucha contra el cambio climático. También lo son las palabras huecas, los compromisos faltos de ambición.
Y en esta amenaza Europa debe entonar el mea culpa, corregirse y corregir el paquete de energía limpia.
Porque si algo he podido comprobar en las reuniones que he mantenido desde mi nombramiento como ponente es una práctica unanimidad en la necesidad de dotar de más ambición a la Directiva.
La propuesta de la Comisión está alejada de los objetivos de París de descarbonización del 80-95% para 2050. Y el límite de CO2 que el mundo puede emitir sin superar los 1,5ºC de aumento de temperatura se está acercando.
Si nosotros no ponemos sobre la mesa políticas energéticas y climáticas acordes con París, estaremos también renunciando a lograr nuestros objetivos.
La Unión Europea ha jugado un papel destacado en el fomento de este tipo de acuerdos. Ha sido ejemplo para el mundo y se encuentra en una buena posición para descarbonizar su economía. Por tanto, ahora más que nunca, Europa debe ser firme, servir de ejemplo y liderar la transición energética.
Además, las tecnologías renovables han experimentado una gran bajada de costes, que debe ser aprovechada. Es una oportunidad para tener una energía barata con beneficios para la independencia energética, y la competitividad.
Por ello, debemos ir más allá del objetivo del 27%, que prácticamente sin hacer nada ya se conseguiría.
En mi informe propongo elevar el objetivo global de cuota de renovables al 35%. Un objetivo ambicioso, sí, pero razonable y realizable.
Igualmente, propongo recuperar los objetivos vinculantes por Estado miembro. Son una señal de apuesta clara e inequívoca por las renovables. Aportará seguridad a los inversores, fomentará la innovación y contribuirá al objetivo de abaratar los costes.
Para alcanzar estos objetivos necesitamos fijar el criterio sobre los sistemas de apoyo a las renovables. Para superar la ambigüedad, mi propuesta plantea criterios a los Estados miembros para organizar licitaciones y decidir sobre su diversificación tecnológica, teniendo en cuenta factores ambientales, geográficos o climáticos.
Y todo ello debe hacerse reforzando la estabilidad y seguridad regulatoria.
Los abruptos cambios en las políticas de apoyo a las fuentes renovables han creado incertidumbre a los inversores. Poniendo en peligro la consecución de los objetivos de 2020 y dañando a la industria.
Recuperar la seguridad jurídica es fundamental para garantizar y abaratar las inversiones en renovables. Por ello, reforzamos el artículo 6 para eliminar ambigüedades y aclarar que se aplica tanto a las inversiones actuales como futuras. Además, proponemos que cuando los proyectos se vean afectados negativamente deben recibir una compensación adecuada.
El consumidor debe jugar un papel central en la transición energética. Para fomentar el autoconsumo, se deben evitar trabas administrativas y aclarar que la energía autoconsumida, que no pasa por las redes en ningún momento, no debe estar sujeta a ningún coste, asegurando así que los autoconsumidores tienen un marco regulatorio justo para su actividad.
Proponemos más ambición en relación a la calefacción y refrigeración. También en el sector del transporte. Este sector representa un tercio del consumo final de energía, y sigue dominado por los combustibles derivados del petróleo. Proponemos elevar el objetivo al 12% para 2030.
Tenemos la ocasión de aportar una regulación que realmente esté en línea con la senda marcada por el Acuerdo de París. Pero para ello es necesario dotar de mayor ambición a esta Directiva.
Como el presidente Juncker comprometió en su hoja de ruta para la legislatura, “debemos aumentar el porcentaje de energías renovables en nuestro continente”. Como él, yo también “creo firmemente en el potencial del crecimiento ecológico”. Y como él, “quiero que la Unión de la Energía de Europa pase a ocupar el primer lugar mundial en el sector de las energías renovables”.
Humildemente, creo que estas propuestas lo hacen de manera coherente, asumible y eficiente.
Muchas gracias.
Intervención realizada en la Comisión ITRE durante el examen del proyecto de informe sobre Fomento del uso de energía procedente de fuentes renovables (refundición)
(22/06/2017)
Gracias presidente,

Compartir

Trump ha cumplido su amenaza.

Estados Unidos, su administración, no el país, ya no será un aliado en la lucha contra el cambio climático.

Pero no es la única amenaza.

De un lado, el negacionismo de gente como Trump.

De otro, la falta de ambición.

Valoro la defensa hecha por la Comisión de los Acuerdos de París. Pero las buenas palabras no pueden ocultar la falta de ambición en el paquete de energía limpia.

Si queremos que el Acuerdo de París sea algo más que un mal recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue, es hora de comprometerse a lo grande y dar un salto de gigante en los objetivos europeos.

Por ejemplo en materia de energías renovables, aumentando la ambición y haciendo que los objetivos sean vinculantes para los Estados miembros.

Ahí quiero ver a esta Cámara. Como otras veces, con ambición, con compromiso, con luces largas.

Intervención ante el pleno del Parlamento Europeo, 14/06/2017